EL CARA DE ALMOHADA…

De Justino Somoza pueden decirse dos cosas: su apellido no era Somoza y su nombre no era Justino. Para comprender esto habría que relatar algunos aspectos de su vida.
Desde el nacimiento se evidente que Justino no tenía rostro. En verdad algunas depresiones y otras salientes daban la sensación de ojos, nariz y boca. Sus padres sorprendidos por la apariencia del vástago dudaron en cómo nombrarlo ¡Es que ese niño no se parecía a nadie!
La carencia de rostro se hizo más marcada a medida que pasaban los meses y esto aparejó ciertas dificultades. En el primer año de vida casi muere ahogado, cuando su madre le colocó un pañal en la cabeza. Por esa época padecía de continuas diarreas, nacidas de la confusión de su madre a la hora de la alimentación.
Siendo niño los rudimentos de rostro le habían desaparecido por completo. Su carácter era sumiso y parecía falto de voluntad. Acostumbró a no hablar y nadie sabía como lograba alimentarse. Por esa época se ganó el mote de “cabeza de almohada”, porque también era calvo.
Su vida pareció naufragar en el sufrimiento hasta que un hecho fortuito le cambió el destino. Si bien prefería refugiarse en la protección del hogar, cierta tarde se aventuró a las calles. Justino ya era un adolescente y, como tal, tenía gran curiosidad. No había caminado 50 metros cuando un cartel llamó su atención. En él aparecía, con trazo confuso, el dibujo de un rostro. También podía leerse que se trataba de un delincuente buscado, del que solo se conocía el rostro. Justino quedó fascinado ante la idea de alguien solo conocido por su rostro.
Paso el resto del día metido en sus reflexiones, interesado por la historia del delincuente buscado. Esa misma noche, antes de dormir, vio en el espejo que le había aparecido una ceja.
Justino gastó horas con periódicos, revistas de actualidad y viendo la televisión. Quería saber todo acerca aquel delincuente. Así supo que se trataba de un asaltante y asesino, alguien peligroso. Y por algún motivo extraño, cuanto más se enteraba del delincuente, sus facciones se definían más y más.
Pasados 6 meses el delincuente seguía prófugo. Simultáneamente, en Justino aparecieron una nariz aplastada, unos labios delgados y dos ojos entrecerrados. Desde hacía un tiempo no lo llamaban “cabeza de almohada”. Ya lo llamaban “el chino”.
Tres meses más tarde el mentón se le hizo fuerte, la mirada profunda y la nariz aguileña. Por aquellos días se conoció el nombre del delincuente, uno que era sonoro y agradable al oído. Justino decidió entonces adoptar el nombre de aquel.
¿Qué otra cosa podía hacer, si ya había adoptado su rostro

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