LA PESADILLA…

Os voy a contar una historia, a ti Miguel y a todos tus lectores, que me ocurrió hace algunos años. Lo hago porque ya no soporto más mantener el secreto que me oprime el pecho y tortura mi pensamiento.

hace 2 años ligué. Pero no de esa manera patética que tengo de hacerlo, sino por la puerta grande.

Aquella fatídica noche conocí a un bombón que se llamaba Paula. Era una chica sacada de una revista erótica. Una de esas con la que fantaseas todas las noches y que se ves en la calle no te la quitas de la cabeza en seis meses. Paula. Paula se llamaba. Vivíamos en el mismo bloque. Se había mudado hace poco al 8ºD.

Recuerdo que aquella noche pude verla observándome mientras yo bailaba haciendo el “ganso” en la discoteca. Recuerdo cómo se acercó a mí. Como me sonrió. Como se giró. Como me fustigó con su larga y bienoliente melena. Como se me metieron sus pelos en mi ojo y como lloré de dolor. También recuerdo que por un motivo inexplicable en mí conseguí mantener una conversación simpática y que mientras lo hacía notaba algún que otro retortijón.

Como de una nube caí en la realidad que me llevaba a su casa.

– ¡Chavalote hay que cumplir!¡Hay que cumplir!- me dije a mí mismo.

Me invitó a una copa que no me supo a nada. Mientras ella me hablaba cariñosamente agarrada, yo intentaba repasar mentalmente todo lo que había aprendido en 10 años de consumo compulsivo de pornografía. Mi gran maestro, Rocco Sifreddi, me lo había enseñado todo.

En un momento dado, pasó por mi mente el chino de karate kid diciendo: “dal cela, pulil cela dal cela, pulil cela” ¡Lárgate de aquí, cabrón!

Me despertaron de mis cavilaciones, o mejor dicho, mis alucinaciones, unos besos que Paula comenzó a darme en el cuello. Me temblaban las piernas. Se me salía el corazón. Nos íbamos a dar un beso.

-A ver, ¡repasa!- pensé -Posición de los labios. Perfecto. ¿Cantidad de saliva? Bien, bien. ¿Movimiento? Suave y constante. Mano derecha pecho izquierdo, mano izquierda cachete derecho. Todo genial. Perfecto.

Pero de pronto se me encendieron todas las alarmas. ¡Luz roja luz roja! ACUMULACIÓN PELIGROSA DE GASES.

¡Dios mío! Creí que se me iba a escapar el pedo más grande jamás tirado.

-Paula cariño –dije con los ojos achinados y una voz que intentaba disimular el esfuerzo- ¿puedo ir al baño?
– Sí claro, en el pasillo. Segunda puerta a la derecha.

En un último esfuerzo esbocé una sonrisa mientras me dirigía al baño en un paso que se convertía en carrera tras un nuevo retortijón.

Tras varios minutos de descarga y concierto de corneta comencé a recuperar el color y a recordar dónde estaba. Y lo que era más importante, con quién estaba.
Reparé en aquellos momentos en el olor nauseabundo que había creado en aquel pequeño cuarto de baño, pero me volví a relajar cuando vi que tenía ventana y había un bote de desodorante. Además, pensé, estaba en la otra punta de la casa.

Cuando terminé de reflexionar tomé un trozo de papel higiénico y me dispuse a limpiar aquello que siempre hay que limpiar después de hacer una visita al señor Roca, cuando mi mirada fue a parar a mis calzoncillos.

Aquello no era la simple y típica zurrapilla, ni tampoco un pedo sucio. Aquello era una real cagada en mis calzoncillos.

-¿Y ahora qué hago?¿Qué hago? ¡Lavarlos!-exhorté. Pero aquello era demasiado espectacular como para quitarlos con un poquito de agua. Con la tensión por las nubes y las pulsaciones disparadas no podía pensar.

-Céntrate-pensaba-tienes que deshacerte de ellos.

Por una ventana del 8º piso salieron unos slip volando que cayeron en el ojo-patio.

Intentando mantener la dignidad y no hacer mucho ruido lavé mis posaderas en el bidé de aquella casa.

-¿Y ahora que hago? Si me pongo los pantalones va a pensar que soy un guarro. Un tío sin calzoncillos…- pensé- ¡Iré desnudo! Si ahora llego en bolas lo mismo se me pone como una moto.

Me quité el resto de la ropa y salí del baño pensando que era la decisión acertada. Mientras iba por el pasillo iba diciendo: “¡Paula cariño, ya vuelvo!”

Antes de llegar al salón dejé toda la ropa en el suelo y de un salto como si de un equilibrista se tratase entré en el salón con los brazos abiertos, ante el asombro de Paula, Don Antonio (su padre) y Doña Elvira (la madre).

Nuevamente noté los retortijones y sentí que las piernas me fallaban. Sin mediar palabra giré sobre mis pies y me agaché para recoger la ropa ante la incredulidad de los tres, pero con tan mala fortuna que al flexionar el tronco se escuchó como un melódico y sonoro ¡Prrrrt! salía de mi culo.

Tras decir un tímido “losiento” y un “buenasnoches” salí de aquella casa y bajé a toda prisa 4 plantas. Yo vivía en un 3º pero era tal las sensaciones que se agolpaban en mi cabeza y en mi pecho que sentía las piernas paralizadas. Me apoyé de espaldas a la pared mientras trataba se serenarme tomando largas bocanadas de aire.

Pero aquella noche no podía terminar así. La puerta del 4ºC se abrió y apareció Dña Paca una mujer de 76 años, que como supe después, acostumbraba a pasear de madrugada. Esta mujer al verme abrió mucho los ojos, hizo un ruido extraño y cerró la puerta. Tras lo cual se escuchó un golpe seco, que imagino era la cadera de Dña Paca que se había roto al caer.

Tenía que llegar a mi casa. Bajé sigilosa pero velozmente la escalera y saqué la llave de mis pantalones en cuanto llegué a mi puerta.

Debido a mi desconcierto no había escuchado que el ascensor estaba funcionando y que se paraba en mi planta. Y que se abría la puerta. Y que por ella salía mi vecina Mari carmen, que volvía de la juerga.

Tras la sorpresa inicial, fijó su mirada en mi pajarito que tras lo vivido aquella nochecita se había encogido, casi escondido (no recobró su aspecto hasta varios días después). Pues bien, tras echar un vistazo comenzó a reírse sonoramente señalando aquel tímido indicio de hombría.

Aquella fue la peor noche de mi vida. Y la mañana siguiente la más agitada del bloque desde el incendio del 74, ya que Lourdes, la del 6ºB encontró una bola de mierda envuelta en unos calzoncillos en la ventana de su dormitorio. A Dña Paca tuvieron que llevarla al hospital con la cadera rota y una angina de pecho después de que un pervertido desnudo le atacara al salir de casa. Y los Rodríguez, una familia que a pocos les dio tiempo conocer, abandonaron la casa precipitadamente ese día.

Ya no volví a saber nada de Paula y he intentado olvidar aquella noche. Tan solo la sonrisa burlona de mi vecina Mari carmen me recuerda cada día que aquella noche viví una Pesadilla.

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